estructuras, cuerpos y frío

qué diferencia hay, dime,

en unos actos disfrazados.

Ni siquiera caben las palabras

en mi estómago.

Retumban mis oídos

y la estufa está desconectada,

así que me limito a esperar

a que empiece a amanecer el frío,

mientras la noche es cada vez más oscura.

No sé qué huella acústica

imponer a mi mente

para no herirme a mí misma.

Ya va apareciendo el frío

y con él, la escarcha.

Me cansa que mis pensamientos sean tan largos.

Por qué ocurre todo esto

y mi cuerpo no lo puedo concebir

como algo misericordioso.

Qué impura es mi boca

y mis pestañas,

y mi paciencia.

Qué oscura está siendo la noche.

Dónde acabar un poema,

dónde colocar la huella acústica de abril,

siempre cruel,

siempre previsible.

Pero esta suciedad y estos significantes

se me incrustan en las heridas.

Cómo hago para calmar las palabras;

cómo es que el tiempo lo cura todo

si aún no he podido explicarle a los pájaros

que ya no estás

y que me gustaría que la muerte

no se disfrazara de muerte

por una vez.

Entonces,

cómo acabar un poema,

cómo hacer que su estructura profunda

alcance a la superficial

y no se extienda más allá de este cuerpo,

donde el frío comienza a ocupar la estancia

y surge la huida

de quien se cree que todo lo sabe.

Las noches son más oscuras

y se respira un aire hondo, estancado y sucio.

Soy escarcha y hace cuerpo.

Las estructuras empiezan a fallar

desde el lexicón.

las palabras, ¿todas?

Me he encerrado en la palabra «olvido»,

–porque tiendo a deshacerme en los términos–

pero mi cuerpo sigue plantado en la memoria de una cesta de esparto.

¿Dónde se esconde el auxilio de la madre

cuando el cuerpo de siete años

ha dejado de respirar?

¿Dónde ser «grito» y «muerte»?

¿Acaso el bien y el mal se vislumbran

dentro de lo enteramente humano?

Y, entonces, qué ocurre con el aullido de la memoria,

si ahora mi cuerpo está sumido en el olvido cruel,

del animal bárbaro?

En la cesta de esparto puedo depositar la lágrima

que nace desde lo hondo de la herida

llena de luz y de agua estancada.

La luz, que hace daño, que insiste,

pero que deja de brotar;

que sube y baja de la garganta,

quemando, rozando la sangre

de la nueva herida, que escuece.

Me escondo en todas las palabras,

evitando la muerte,

la barca,

y a Carón.

Mi cuerpo se ha adentrado en la orilla del Lete, y toda yo,

mi luz y mi oscuridad,

mi bien y mi mal,

mi significado y mi significante,

mi forma lógica y mi forma fonética,

mis lágrimas y mi sexo,

toda, toda yo,

soy olvido.

¿Cómo es que ahora navego por el Hades?

Manos calizas

Nunca te conocí, a veces se me olvida tu nombre,

tus gestos, esa manera de vivir resignada y apaciguada.

Te tocó vivir en esa época donde obligaban a comer espigas,

donde las mujeres caminaban por las calles con la ausencia

de dejar caer el pelo por los hombros, siendo motivo de burla.

Nunca te conocí. Se me olvida tu nombre,

pues nunca supe nada de ti,

qué encerraban tus palabras y tu pena,

si alguna vez le cantaste al cuerpo que te dio vida.

Qué hubiera pasado en otro tiempo.

No sé cómo era tu voz, si alguna vez llegó a apagarse,

durante cuánto tiempo.

Si mientras tu boca hablaba, tu cuerpo callaba,

si se adueñaba de ti el terror cuando tenías que ganarte la vida.

No sé cuántas veces te ganaste la vida.

No sé cuántas veces besaste a tu mujer.

No sé si la incertidumbre se asomaba por tu cuerpo y caía por tus ojos.

No sé si perdiste lo último que se pierde.

No sé si volviste a creer o siempre has creído.

No conocí si tenías una fe ciega

o si te cagabas en Dios y en su puta madre.

No sé qué insultos utilizabas y qué canciones cantabas.

Entonces, por qué hablo de alguien a quien no conozco.

Entonces, por qué.

Debes saber que te conozco desde que tengo siete años.

Pero solo distingo pequeñas parte de tu cuerpo,

trozos de historias que se convierten en ritos y leyendas.

Escribo, entonces, de lo poco que sé.

Entonces, escribo, de tus manos hundiéndose en la cal, viva.

Escribo, entonces, de cada gota que no caía en la pared y se confiaba en tu rostro,

haciendo añicos las lágrimas que lo limpiaban.

Entonces, escribo, sobre la acción de calar en la única camisa que tenías.

Escribo, entonces, sobre la otra persona que tampoco conocí,

pero a la que besabas y juntaba, con el hilo, la tela de la única ropa que tenías.

Entonces, escribo, escribo, escribo,

porque a unos cuantos vestidos de verde les pareció divertido ver cómo

se te quemaba la cara, el cuerpo y la vida en el último término de la luz,

que proyectaba oscuridad.

Escribo, entonces, hacia esa meta señalada,

que cala honda en tus manos caliza,

donde no se distingue ya la pared de un cuerpo piadoso,

que ha dejado de ser cuerpo,

que ha dejado de ser.

«El detenido por la desaparición de Marta Calvo confiesa que la descuartizó y tiró las partes a varios contenedores»

Mientras yo dormía un seis de noviembre,
una luz se apagaba,
sin darnos cuenta,
en la historia que se repite
una, y una, y otra vez.
Yo dormía, por el simple y, a la vez, difícil hecho
de haber podido llegar a casa.
Sana, y salva.
Sana, y entera.

Mientras yo dormía, a una luz la cortaban
en pedazos,
en porciones,
en trozos,
en partes,
en cachos,
en pizcas,
en trizas.
Añicos.

Este asesinato me asusta.
Esta idea premeditada de seccionar luces
provoca que mi cuerpo y mi mente se bloqueen de terror.
El seis de noviembre yo dormía,
mientras se cortaba una luz que me duele,
aun sin conocerla.

Una luz que aparece en todos los medios,
donde se te quedan clavados sus labios rojos y su pelo rubio,
pero no los ojos del asesino de luces,
ese que ha estado casi un mes huyendo de un sistema
que de igual manera lo ampara.

No sientas miedo, energúmeno.
No lo hagas.
Estás protegido.
No temas.

Temamos nosotras,
temamos las mujeres.
Recojamos el miedo de Marta Calvo,
el miedo de la prostituta valenciana
a la que no le han dedicado ni tiempo ni compasión.
Temamos por la justicia patriarcal,
por el amparo de los Jorges ante la ley.
Temamos no llegar a casa,
a los contenedores que se convierten en casa de luces cortadas.

Cómo duele esta muerte,
cómo duele sumar,
cómo duele que no cese.
Cómo me duele el cuerpo.
Cómo me duele tu cuerpo.
Cómo me dueles, Marta.
Cómo me dueles, prostituta olvidada.
Cómo dueles, calles oscuras, contenedores.
Cómo dueles, vida arrebatada, luz cortada.

lingüística forense y Gonzalo Hermo

Hace frío, a veces, en la escritura.

Gonzalo Hermo

Desaprendo el lenguaje de los vivos,

me adentro a la noche oscura de los muertos

para averiguar por qué te fuiste tan pronto.

Sin embargo, siento helarme en todo este vacío

en los ojos profundos de la oscuridad inminente.

Anhelo el mundo de los vivos cuando corro y no siento los pies

cuando me vacío de existencia y no puedo mirar atrás.

No sé cómo salir.

Tampoco te encuentro.

Los versos no me dirigen hacia ningún lado que me permita ver un horizonte.

Llagas en mi cuerpo, en mis términos.

Me alcanza una valencia verbal y consigo un quién,

Pero no hay respuesta para un dónde.

Hace frío en este lado del corazón,

en este fuera de juego que falla una y otra vez.

No alcanzo la discordia ni la división de los dos mundos

y no consigo salir del Lete.

Me olvido y me arrastran sus orillas.

Estrenando la Moleskine

Los días pasan eternamente iguales,

salvo por lo que estudio ese día.

Estoy presenciando

cómo se va durmiendo Apolo

desde la ventana de mi habitación.

La culpa de todo esto,

de que no existan los días con Febos eternos,

la tiene Selene, tan etérea,

sensual,

melancólica

y blanca.

Siempre me pone nerviosa estrenar una libreta,

porque siento que no tengo nada que decir.

Nada interesante, al menos.

Me consume la idea de la búsqueda de lo eterno, de lo divino.

Creo que estoy leyendo demasiado

a Juan Ramón Jiménez.

Ni siquiera sé si busco eso,

pues no tengo la suficiente prepotencia y pretensión

de saberme cierta y única en todos mis pasos.

Quiero equivocarme,

errar en la vida y volver a construirme

en el olvido de los significantes,

aprender a hablar con otro alfabeto más banal,

que me ayude a descifrar el mundo

con una palabra y una solución

que no sea la muerte.

l’amour et le silence

Cada beso depositado en mi piel

se evapora,

dejando atrás un rastro de amor

casi imperceptible,

con todo: necesario.

Llenarme el pelo de todas las palabras

que nos decimos con los cuerpos, fundidos.

Llenarme los labios de vacíos, de sueños,

de significados posibles a todo esto que sentimos.

Riendo con el amor que nos sobra.

Hablando con las caricias que llegan,

de tu cuerpo al mío, y viceversa.

Y cuando estamos juntos, pienso que soy

una arquitecta del tiempo, del espacio,

de los metros que nos separan,

convirtiéndolos en milímetros.

No hay sintaxis en ningún argumento

por el que nos abrazamos, tocamos, besamos.

Si acaso, solo sentirnos

y decirnos, con el silencio,

todo lo que suspiran nuestros dedos

al poder acariciarnos.

Silencio,

silencio,

[s i l é n̪̟ θ j o]

conciencia

Ausencia primitiva

melancolía primitiva

que me acercas a los espacios

y te alejas,

sabiendo que puedes recuperarme

a través de las lágrimas que han caído

a la nada.

Conozco la gama de los miedos

y descubro que su color es incierto.

No acostumbro a dilucidar

los claroscuros de mi conciencia.

Me susurro a mí misma

que debo comenzar a andar,

pero ya estoy cayendo al vacío.

en este saberme mío

Recogerme, en este saberme mío y solo mío.

Recogerme en pedazos después de la tempestad

y ahogar mis penas en un litro de palabras.

Recogerme y no saber colocar el cuerpo.

Juntar los pulmones y los riñones; intercambiarlos;

Prescindir de la muerte

desechando su parte lógica y consciente de mi mente;

confundir llaga y corazón,

herida permanente y fuera de juego.

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