qué diferencia hay, dime,
en unos actos disfrazados.
Ni siquiera caben las palabras
en mi estómago.
Retumban mis oídos
y la estufa está desconectada,
así que me limito a esperar
a que empiece a amanecer el frío,
mientras la noche es cada vez más oscura.
No sé qué huella acústica
imponer a mi mente
para no herirme a mí misma.
Ya va apareciendo el frío
y con él, la escarcha.
Me cansa que mis pensamientos sean tan largos.
Por qué ocurre todo esto
y mi cuerpo no lo puedo concebir
como algo misericordioso.
Qué impura es mi boca
y mis pestañas,
y mi paciencia.
Qué oscura está siendo la noche.
Dónde acabar un poema,
dónde colocar la huella acústica de abril,
siempre cruel,
siempre previsible.
Pero esta suciedad y estos significantes
se me incrustan en las heridas.
Cómo hago para calmar las palabras;
cómo es que el tiempo lo cura todo
si aún no he podido explicarle a los pájaros
que ya no estás
y que me gustaría que la muerte
no se disfrazara de muerte
por una vez.
Entonces,
cómo acabar un poema,
cómo hacer que su estructura profunda
alcance a la superficial
y no se extienda más allá de este cuerpo,
donde el frío comienza a ocupar la estancia
y surge la huida
de quien se cree que todo lo sabe.
Las noches son más oscuras
y se respira un aire hondo, estancado y sucio.
Soy escarcha y hace cuerpo.
Las estructuras empiezan a fallar
desde el lexicón.