El humo que ha entrado se ajusta a tu cuerpo, a las entrañas, y te ahogas. Necesita salir porque cada segundo que transcurre en ese hogar, es un segundo menos de vida.
Quiere salir, no le importa de qué manera, por eso se deja manejar. Le da igual salir en forma de anilla, de forma discontinua, por la boca, por la nariz, por ambas.
Necesita salir porque tu cuerpo le mata poco a poco. El humo se adapta al cuerpo que le asfixia para luego volverse libre. No quiere ser esclavo de cada partícula de tu piel, quiere volar. Pero ese deseo por salir se convierte en una muerte. Dulce, bondadosa, acaramelada.
Es la fallida luz al final del túnel.
Y sale, y se encuentra con su propia muerte.
Como el logro de un objetivo que luego no te sabe a nada, donde piensas que al alcanzarlo tu vida va a llegar al éxtasis. Ese objetivo al cumplirlo te lleva a un lugar. ¿Y qué encuentras? Un baúl que contiene tu propia muerte, la sentencia de todas tus acciones.
Y entonces, esa vida que creías perfecta se da la vuelta para mirarte mientras te clava un puñal en el corazón
putrefacto,
corrompido,
helado.
Muerto, por fin.
Y es la muerte la que se burla de ti.