Ya no me sale otra cosa que no sea la poesía de tu cuerpo, la poesía de tus ojos.
Quizás por eso no sale nada, porque te has marchado,
porque no soy capaz de centrarme en las letras
y olvidar tu cuerpo, tu piel; tu vida, que es la mía.
Quizás por eso no quiera escribir más poesía porque sin ti no tiene sentido.
Todo se mueve por tu presencia, y funciona cuando estás aquí, pero llevas unas semanas sin aparecer, escondiéndote en letras que aún no alcanzo a descrifrar.
Te odio cuando te vas, cuando me abandonas, cuando te ocultas en un libro, en un cuaderno, en una anotación antigua.
No te aguanto cuando me pones a prueba, cuando se me enfría el té porque no paro de buscarte, cuando te ausentas sabiendo que mi cuerpo se desespera.
Pero luego vuelves a mí, convertida en música, en letra,
en canciones desesperadas, en el príncipe de los poetas,
en Soledades, en estómagos.
Te quiero cuando vuelves en personas, en la televisión, en un anuncio,
cuando la tinta del bolígrafo no para de salir y expulsar lo que llevo dentro;
hoy, la angustia de que no ibas a volver.