el dolor

No queda ni un rastro en el sitio donde has querido. Tampoco queda en el otro donde ha sido abandonado o se ha muerto.

Estás en un lugar que quieres dejar, pero donde amas y deseas que desaparezca.

Cuando dos sitios diferentes te producen sensaciones paralelas, ¿qué te queda? En uno la incertidumbre de volver y en otro la espera de que se fulmine su existencia.

Como el dolor instaurado que tarda en irse y solo queda la espera(nza).

Estás. ¿Dueles?

El sitio donde estás duele.

La vena por donde pasa tu sangre escuece y duele.

El hastío duele.

No estar duele.

Vivir duele. No vivir duele.

Morir duele.

La tinta calma.

Volumen

Cuando bajas el volumen del mundo, y subes el de tu cuerpo. Y escuchas todo de manera minuciosa, nítida y exacta.

Y escuchas tu corazón, desconcertada de que siga latiendo. Notas en cada palpitación, la sangre que sale de él, derramándose. Como las lágrimas por tus mejillas, limpiando y mitigando el dolor de tu pena.

Y escuchas tu respiración. Cómo entra y sale convertida en ce o dos. Y te sorprendes de que sea capaz de salir, o quizás huye de la muerte, pero te fascina que sea tan valiente de enfrentarse al mundo.

Mundo del que intentas evaporarte a toda costa.

Cuando bajas el volumen, ajena al dolor de otros, sumida entonces en el tuyo. Desgarrador, perverso, inútilmente arrogante.

Cuando bajas el volumen, y te centras en tu piel, queriendo salir de tu cuerpo, acompañado de cada beso que has depositado. Lleno de huellas, de heridas y de golpes. Lleno de vida, queriendo ser muerte.

Súbdita.

Cuando bajas. Y no quieres subir a la superficie.

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