Eres el resultado de un embarazo deseado, y yo la mujer más feliz del mundo.
Fuiste un parto en el que no me preocupó sufrir, aguanté el daño que me hacías cuando saliste de mi cuerpo. Todas las entrañas se ensanchaban y quería desfallecer, las rompías, no te importaba hacerme daño. A mí tampoco me importó lo más mínimo.
Y así vino tu bienvenida: triunfal, arrogante, victoriosa. Todo mi cuerpo estaba sometido a ti, todo mi cuerpo sigue sometido a ti
porque te amo más que a mí misma,
porque me das la vida cuando me creía morir.
Fuiste buscada, deseada, por eso te conservo y te guardo.
Cuando naciste, después de tantos años en mí, no me dejabas dormir.
Cuando naciste no fuiste como esperaban. Yo no sé qué se suponía que debían esperar de ti. Te dejaste llevar y ahora has hecho llorar.
¿De alegría? No lo creo, yo nunca he sido feliz. Nada que ha salido de mí puede serlo. Siento haberte condenado. Siento que no puedas escribir sobre la felicidad, sobre la vida (aunque, ¿acaso es algo alegre?), la pasión desenfrenada, y el amor.
Siento que tengas que escribir cómo me siento: muerta en vida.
Cada vez que la angustia se apodera de mí, acudes con la calma.
Me das la vida a través de las palabras, que pasan por un proceso de metamorfosis hasta llegar a lo más hondo y putrefacto de mi existencia.