Los días pasan eternamente iguales,
salvo por lo que estudio ese día.
Estoy presenciando
cómo se va durmiendo Apolo
desde la ventana de mi habitación.
La culpa de todo esto,
de que no existan los días con Febos eternos,
la tiene Selene, tan etérea,
sensual,
melancólica
y blanca.
Siempre me pone nerviosa estrenar una libreta,
porque siento que no tengo nada que decir.
Nada interesante, al menos.
Me consume la idea de la búsqueda de lo eterno, de lo divino.
Creo que estoy leyendo demasiado
a Juan Ramón Jiménez.
Ni siquiera sé si busco eso,
pues no tengo la suficiente prepotencia y pretensión
de saberme cierta y única en todos mis pasos.
Quiero equivocarme,
errar en la vida y volver a construirme
en el olvido de los significantes,
aprender a hablar con otro alfabeto más banal,
que me ayude a descifrar el mundo
con una palabra y una solución
que no sea la muerte.