Manos calizas

Nunca te conocí, a veces se me olvida tu nombre,

tus gestos, esa manera de vivir resignada y apaciguada.

Te tocó vivir en esa época donde obligaban a comer espigas,

donde las mujeres caminaban por las calles con la ausencia

de dejar caer el pelo por los hombros, siendo motivo de burla.

Nunca te conocí. Se me olvida tu nombre,

pues nunca supe nada de ti,

qué encerraban tus palabras y tu pena,

si alguna vez le cantaste al cuerpo que te dio vida.

Qué hubiera pasado en otro tiempo.

No sé cómo era tu voz, si alguna vez llegó a apagarse,

durante cuánto tiempo.

Si mientras tu boca hablaba, tu cuerpo callaba,

si se adueñaba de ti el terror cuando tenías que ganarte la vida.

No sé cuántas veces te ganaste la vida.

No sé cuántas veces besaste a tu mujer.

No sé si la incertidumbre se asomaba por tu cuerpo y caía por tus ojos.

No sé si perdiste lo último que se pierde.

No sé si volviste a creer o siempre has creído.

No conocí si tenías una fe ciega

o si te cagabas en Dios y en su puta madre.

No sé qué insultos utilizabas y qué canciones cantabas.

Entonces, por qué hablo de alguien a quien no conozco.

Entonces, por qué.

Debes saber que te conozco desde que tengo siete años.

Pero solo distingo pequeñas parte de tu cuerpo,

trozos de historias que se convierten en ritos y leyendas.

Escribo, entonces, de lo poco que sé.

Entonces, escribo, de tus manos hundiéndose en la cal, viva.

Escribo, entonces, de cada gota que no caía en la pared y se confiaba en tu rostro,

haciendo añicos las lágrimas que lo limpiaban.

Entonces, escribo, sobre la acción de calar en la única camisa que tenías.

Escribo, entonces, sobre la otra persona que tampoco conocí,

pero a la que besabas y juntaba, con el hilo, la tela de la única ropa que tenías.

Entonces, escribo, escribo, escribo,

porque a unos cuantos vestidos de verde les pareció divertido ver cómo

se te quemaba la cara, el cuerpo y la vida en el último término de la luz,

que proyectaba oscuridad.

Escribo, entonces, hacia esa meta señalada,

que cala honda en tus manos caliza,

donde no se distingue ya la pared de un cuerpo piadoso,

que ha dejado de ser cuerpo,

que ha dejado de ser.

«El detenido por la desaparición de Marta Calvo confiesa que la descuartizó y tiró las partes a varios contenedores»

Mientras yo dormía un seis de noviembre,
una luz se apagaba,
sin darnos cuenta,
en la historia que se repite
una, y una, y otra vez.
Yo dormía, por el simple y, a la vez, difícil hecho
de haber podido llegar a casa.
Sana, y salva.
Sana, y entera.

Mientras yo dormía, a una luz la cortaban
en pedazos,
en porciones,
en trozos,
en partes,
en cachos,
en pizcas,
en trizas.
Añicos.

Este asesinato me asusta.
Esta idea premeditada de seccionar luces
provoca que mi cuerpo y mi mente se bloqueen de terror.
El seis de noviembre yo dormía,
mientras se cortaba una luz que me duele,
aun sin conocerla.

Una luz que aparece en todos los medios,
donde se te quedan clavados sus labios rojos y su pelo rubio,
pero no los ojos del asesino de luces,
ese que ha estado casi un mes huyendo de un sistema
que de igual manera lo ampara.

No sientas miedo, energúmeno.
No lo hagas.
Estás protegido.
No temas.

Temamos nosotras,
temamos las mujeres.
Recojamos el miedo de Marta Calvo,
el miedo de la prostituta valenciana
a la que no le han dedicado ni tiempo ni compasión.
Temamos por la justicia patriarcal,
por el amparo de los Jorges ante la ley.
Temamos no llegar a casa,
a los contenedores que se convierten en casa de luces cortadas.

Cómo duele esta muerte,
cómo duele sumar,
cómo duele que no cese.
Cómo me duele el cuerpo.
Cómo me duele tu cuerpo.
Cómo me dueles, Marta.
Cómo me dueles, prostituta olvidada.
Cómo dueles, calles oscuras, contenedores.
Cómo dueles, vida arrebatada, luz cortada.

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