las palabras, ¿todas?

Me he encerrado en la palabra «olvido»,

–porque tiendo a deshacerme en los términos–

pero mi cuerpo sigue plantado en la memoria de una cesta de esparto.

¿Dónde se esconde el auxilio de la madre

cuando el cuerpo de siete años

ha dejado de respirar?

¿Dónde ser «grito» y «muerte»?

¿Acaso el bien y el mal se vislumbran

dentro de lo enteramente humano?

Y, entonces, qué ocurre con el aullido de la memoria,

si ahora mi cuerpo está sumido en el olvido cruel,

del animal bárbaro?

En la cesta de esparto puedo depositar la lágrima

que nace desde lo hondo de la herida

llena de luz y de agua estancada.

La luz, que hace daño, que insiste,

pero que deja de brotar;

que sube y baja de la garganta,

quemando, rozando la sangre

de la nueva herida, que escuece.

Me escondo en todas las palabras,

evitando la muerte,

la barca,

y a Carón.

Mi cuerpo se ha adentrado en la orilla del Lete, y toda yo,

mi luz y mi oscuridad,

mi bien y mi mal,

mi significado y mi significante,

mi forma lógica y mi forma fonética,

mis lágrimas y mi sexo,

toda, toda yo,

soy olvido.

¿Cómo es que ahora navego por el Hades?

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