Destruida. Así me encuentro en este mar negro y profundo en el que mi ser se va desgastando. Mi alma poco a poco se vuelve más vulnerable y grita, grita de dolor, de desesperación y de una mezcla de rabia e indiferencia. Dos sentimientos tan opuestos… Pero es esto lo que siento. Por una parte la rabia de ver que el mundo no cambia y sigue su sendero ajeno a las personas y puesta en el interés. La rabia que llega a ahogarte y matarte de un suspiro. Un suspiro indiferente, porque así es la muerte, indiferente hacia tu persona y tus sentimientos. Llega y arrasa con todo, no le preocupa las consecuencias. Pero a quién realmente le preocupa todo esto si solo somos un conjunto de hormonas que intentan sentir.
La muerte llega a mí, me quiere atrapar, llevar con ella para siempre, y yo resisto sin saber por qué. Resisto a la muerte por miedo a morir, pero ¿qué es realmente morir? ¿Dejar la vida? Y quién sabe…
He esquivado la muerte y he conseguido sobrevivir a ella. Me observo a mí misma, contenta por el hecho de haberla esquivado, pero miro a mi alrededor y no veo la vida que quería, no veo mis objetivos cumplidos ni he logrado ser la persona que quería ser. Mis ojos derraman unas lágrimas que me pillan por sorpresa y no sé con qué razón ni sentimiento están siendo recorridas por mis mejillas. Mis piernas me fallan y hacen que me quede tendida en el suelo, desnuda de alma y vestida de cuerpo. Cuerpo intacto que poco a poco me va abandonando. Y me sumo al dolor, a la alegría, al llanto, a las ganas de sentir; pero no puedo, hay algo en mí que nunca ha funcionado, algo que se sale de lo normal, y es este mar negro y profundo en el que me voy desgastando, este mar localizado en lo más profundo de mi ser que me hace latir con angustia.