el gozo propio, el egoísmo y la voracidad,
tu impunidad y tu rostro desconocido para mí
hacen que estés caminando libre,
pero con cadenas que aprietan tu cuello
con todos los recuerdos donde
te hacías el sordo con mis gritos,
el ciego con mis ojos
y un monstruo tratando mi cuerpo
como si el sentido del tacto hubiera desaparecido
de tu naturaleza ambiciosa
y el deseo de recuperarlo fuera más vital
que mi propia vida;
y tengo que sacrificarla para que tu deleite
tenga lugar en un cuerpo que vacías de existencia;
y me dejas rota, donde ni las lágrimas se atreven a salir
para no hacer el menor ruido
que nunca ha servido para nada.
Y todo queda impasible e indiferente,
como la muerte temprana.