Llegas al final de un camino que ha costado, en el que sacrificas muchas cosas pero sobre todo, el tiempo. Ese que se va y nunca vuelve. El que tienes que quitar de tu familia, de tus amigos, de tus pasatiempos, incluso de esos ratos libres que son sólo tuyos, íntimos y que disfrutas como nadie. Esa tarde tumbada en la cama, viendo como el cielo va cambiando su color progresivamente. Un azul celeste, que luego se funde con el naranja, creando una franja que marca el límite entre el día y las tinieblas, el cual luego se torna de un azul apagado y ambiguo, hasta que aparecen las estrellas y se vuelve negro, desfavorable, sombrío, adverso. Triste.
Ser consciente del valor que tiene el tiempo hace que, queriéndolo o no, aprendas a priorizar, a separar lo importante de lo secundario. Y dejas el dolor en sus manos, se lo confías para que él haga el resto, el trabajo sucio. Calma la pena, serena el alma y cura las heridas.
Llegas a un punto donde separar, priorizar tiene un valor significativo. La fase donde tienes que demostrar todo lo que posees y que sabes que cuando acabe, también lo hará una etapa en la que ansiabas su maldito final. Y hay finales donde te sientes invencible, capaz de hacer cualquier cosa, de comerte el mundo. Y hay finales donde el mundo te come a ti.
En mi caso hubo dos finales. Uno lleno de angustia y desesperación que acabó en modo de esperanza y tranquilidad, y otro que comenzó de manera casual, convirtiéndose en una maravilla y que termina, un poco abandonado, en un golpe tan doloroso que empiezo a ser consciente ahora de que ha acabado.
Separé, durante dos semanas, todo lo que me podía afectar. En mi lugar se depositó el egoísmo y te separó. Os separó a todos, porque las ganas de terminar esta etapa tan angustiosa podía con lo demás. Estuve en una burbuja en la cual compartí espacio con las características del teatro, la corriente alterna, el proceso de revolución liberal, el BookCrossing y la literatura universal. Dejé de lado lo que podía hacer que me desviara de ese camino.
Y es aquí cuando, después de cerrar lo que tanto ansiaba, apareces tú. Tu sonrisa, las flores blancas, el quitamiedos nuevo, el «sólo nos queda el recuerdo». El «es ley de vida». Apareces. Asimilo que te has ido, como el tiempo, que no vas a volver, que no voy a reflejarme de nuevo en tus ojos, que no volveré a mirarte con la ternura y el cariño que tanto merecerías y tanto te dieron. Te dimos.
El proceso de asimilación que (casi toda) la gente ya ha pasado, yo lo estoy sufriendo ahora. Te estoy empezando a echar de menos. El dolor comienza a residir en mi cuerpo y no hay lágrimas bastantes para curarlo, ni consuelo suficiente para el vacío que dejas.
Y aquí empieza lo difícil, el vivir sin ti y abandonar lo último que se pierde: la esperanza de que volverás.