Relación amor-odio

Ya no me sale otra cosa que no sea la poesía de tu cuerpo, la poesía de tus ojos.

Quizás por eso no sale nada, porque te has marchado,

porque no soy capaz de centrarme en las letras

y olvidar tu cuerpo, tu piel; tu vida, que es la mía.

Quizás por eso no quiera escribir más poesía porque sin ti no tiene sentido.

Todo se mueve por tu presencia, y funciona cuando estás aquí, pero llevas unas semanas sin aparecer, escondiéndote en letras que aún no alcanzo a descrifrar.

Te odio cuando te vas, cuando me abandonas, cuando te ocultas en un libro, en un cuaderno, en una anotación antigua.

No te aguanto cuando me pones a prueba, cuando se me enfría el té porque no paro de buscarte, cuando te ausentas sabiendo que mi cuerpo se desespera.

Pero luego vuelves a mí, convertida en música, en letra,

en canciones desesperadas, en el príncipe de los poetas,

en Soledades, en estómagos.

Te quiero cuando vuelves en personas, en la televisión, en un anuncio,

cuando la tinta del bolígrafo no para de salir y expulsar lo que llevo dentro;

hoy, la angustia de que no ibas a volver.

humo

El humo que ha entrado se ajusta a tu cuerpo, a las entrañas, y te ahogas. Necesita salir porque cada segundo que transcurre en ese hogar, es un segundo menos de vida.

Quiere salir, no le importa de qué manera, por eso se deja manejar. Le da igual salir en forma de anilla, de forma discontinua, por la boca, por la nariz, por ambas.

Necesita salir porque tu cuerpo le mata poco a poco. El humo se adapta al cuerpo que le asfixia para luego volverse libre. No quiere ser esclavo de cada partícula de tu piel, quiere volar. Pero ese deseo por salir se convierte en una muerte. Dulce, bondadosa, acaramelada.

Es la fallida luz al final del túnel.

Y sale, y se encuentra con su propia muerte.

Como el logro de un objetivo que luego no te sabe a nada, donde piensas que al alcanzarlo tu vida va a llegar al éxtasis. Ese objetivo al cumplirlo te lleva a un lugar. ¿Y qué encuentras? Un baúl que contiene tu propia muerte, la sentencia de todas tus acciones.

Y entonces, esa vida que creías perfecta se da la vuelta para mirarte mientras te clava un puñal en el corazón

putrefacto,

corrompido,

helado.

Muerto, por fin.

Y es la muerte la que se burla de ti.

Los diez mandamientos.

Noto cómo el alma se arranca de mi enferma piel. Cada célula, cada poro, cada lunar. Todo desaparece mientras ella se eleva.

Estoy más cerca del abismo. Intento estar consciente del camino hasta la muerte, pero a veces desfallezco. No controlo quién soy. Amo sobre todas las cosas. No tomo nada en vano. Santifico cada acontecimiento. Este lo está siendo justo ahora. Honro a mis padres. No cometo actos impuros. No robo. No miento. No tiento. No peco. No envidio.

Pero sí mato.

Me mato a mí misma.

30 flores en agosto

1.

1, 2.

1, 2, 3.

Pasan tres desde que la lluvia no cesa y la cuenta emprende otro camino. Ha decapitado al tiempo y lo ha arrancado de las entrañas de todos nosotros. Nos ha dado otra oportunidad.

Pasan tres y en agosto se reinició el recuento hacia delante.

30, 30, 30.

La vida ha vuelto a nacer, esta vez de color rosado. Tiñe, sin querer, nuestros ojos con su cabello oscuro dándole un toque de reticencia al camino donde la única posibilidad son sus ojos llenos de infinidad y destellos. Luz. Magia. Ternura.

1, 2, 3. 30.

5, 27.

Ella está y ahora no duele tan fuerte.

Ella no estaba y morías en el llanto;

ella está y el Sol sale para ser a través de su piel.

Ella no estaba y solo había cabida para flores marchitas

intentando llenarse de vida a través de tus lágrimas.

Ella está.

La Luna la vigila todas las noches.

Levitas y no pesas, porque ya no hay tanto dolor que aguantar.

30 flores blancas

se llevaron el dolor, la pena y el desconsuelo.

30 flores blancas que conforman una nueva vida.

30.

nudos.

Dime hasta qué punto tus lágrimas son sustituidas por un suspiro que asfixia y termina ahogándose en un nudo localizado en tu garganta. Nudos que abrasan, destrozando todos tus sentimientos, dejando en su lugar tristeza, pesar y un dolor punzante. El mismo que te golpea en las costillas.

Nudos sin piedad, protagonizados por la indiferencia que ocupa cada partícula de su cuerpo, ese que construye en el tuyo glóbulos de amargura, lágrimas de tortura. Un cuerpo donde se desvanece la confianza, cediendo el paso a la aprensión, a la sospecha por la parte que te choca toca.

Te duelen las entrañas, el corazón y cada célula que constituyen tus ojos cansados y tu boca marchita. El quebranto; el protagonista de tus noches.

Ya ni siquiera te preguntas si vale la pena dejarse la piel por ésto. Tampoco estás segura de si la tienes, pues te la has ido dejando en el curso de los años.

«Merece la pena quien te la quita» y tú tienes pena en vez de piel, abatimiento en vez de aliento y heridas en vez de besos.

19

Hoy es mi cumpleaños, un día donde se ha marcado un antes y un después en forma de SMS. Hay que vivir, como dice Leyre. Vivir intensamente.

[20/02] 9 años sobreviviendo con tu ausencia, 3285 días desde que se fue gran parte de lo que era y soy.

Celebro este día convencida de que voy a vivir por ti, por seguir teniéndote en mi memoria, para seguir recordando todos nuestros momentos.

17

cauchemar

Hoy, te echo de menos más de la cuenta.

Hoy todo a mi alrededor está impregnado por el sonido de tu risa, por los recuerdos, que pasan por mis ojos a cámara lenta, donde tu sonrisa sigue siendo brillante y hermosa. Pasas delante de mí, tus ojos relucen más de lo normal, me preguntas qué me pasa, que por qué me quedo tan callada, que por qué me concentro en mirarte de esa manera. Tus mejillas se sonrojan y entonces, desapareces. Me despierto, confundida. No sé si es ahora cuando estoy en el mundo real o lo estaba hace unos minutos. Me cuesta trabajo admitir que estoy en el mundo donde se apagó tu luz, me jode saber que estoy en el mundo donde ya no voy a poder mirarte.

Me siento en la cama y miro a mi alrededor. Está amaneciendo. Me encanta ver el alba. Confieso que muchas noches de verano las paso haciendo cualquier cosa por tal de aguantar para ver cómo el cielo negro, lleno de estrellas, se torna gris y empieza a salir un halo de luz abriendo paso al sol y al cielo azul, todavía un poco apagado. Verlo me reconforta, es como si me estuvieras dando los buenos días, como si me quisieras decir que estás bien, conmigo. Con todos.

Me duermo, para olvidar qué día es hoy. Cierro los ojos y me encuentro en un camino lleno de flores blancas. De repente, éstas se van, las arrastra el río en el que me hallo ahora. Y entonces, el agua tira de mí. Cada vez se vuelve más salvaje, intento agarrarme a cualquier cosa, pero todo se me escurre de las manos. Me ahogo. Siento un dolor punzante en las costillas de la parte izquierda de mi cuerpo, que cada vez se va llenando de magulladuras más fuertes y dolorosas, pero ahora, no las siento. Me ahogo. A punto de perder el conocimiento, saco las fuerzas de donde no las hay y entonces, consigo agarrarme a algo. No soy capaz de ver qué es, pero me ha rajado los dedos y siento un escozor angustioso. El río se calma, consigo abrir los ojos poco a poco, a medida que voy recuperando la fuerza y la consciencia. Cuando por fin puedo abrirlos, hallo enfrente de mí un quitamiedos. Me desprendo de él, pues prefiero dejarme llevar por el agua indomable antes que dejarme amparar por él, cuando no lo hizo por ti.

 

Hoy no hay lágrimas; no se atreven a salir aun sabiendo que estoy rota por dentro. Y me queda la espera de que poco a poco el dolor amaine y de hacerme a la idea de que no estás, que te has ido.

Hoy hace un mes que se nos desgarró el alma.

Hoy, te echo de menos más de la cuenta.

First Breath After Coma

He sentido cómo abandonaba mi cuerpo hacia el abismo, cómo mi yo más íntimo se desprendía de todas las partículas que constituyen la vida física. Cada célula se destruía, cada una de ellas se iba de mi cuerpo despidiéndose con un ligero cosquilleo acompañado de un diminuto estallido. Desaparecían. Y he sentido, sin más.

He estado viviendo en un mundo paralelo donde las protagonistas eran las hormonas y el haber sentido la felicidad más plena o la tristeza más amarga me hace creer que el mundo físico no está hecho para mí.

burial at street

Llegas al final de un camino que ha costado, en el que sacrificas muchas cosas pero sobre todo, el tiempo. Ese que se va y nunca vuelve. El que tienes que quitar de tu familia, de tus amigos, de tus pasatiempos, incluso de esos ratos libres que son sólo tuyos, íntimos y que disfrutas como nadie. Esa tarde tumbada en la cama, viendo como el cielo va cambiando su color progresivamente. Un azul celeste, que luego se funde con el naranja, creando una franja que marca el límite entre el día y las tinieblas, el cual luego se torna de un azul apagado y ambiguo, hasta que aparecen las estrellas y se vuelve negro, desfavorable, sombrío, adverso. Triste.

Ser consciente del valor que tiene el tiempo hace que, queriéndolo o no, aprendas a priorizar, a separar lo importante de lo secundario. Y dejas el dolor en sus manos, se lo confías para que él haga el resto, el trabajo sucio. Calma la pena, serena el alma y cura las heridas.

Llegas a un punto donde separar, priorizar tiene un valor significativo. La fase donde tienes que demostrar todo lo que posees y que sabes que cuando acabe, también lo hará una etapa en la que ansiabas su maldito final. Y hay finales donde te sientes invencible, capaz de hacer cualquier cosa, de comerte el mundo. Y hay finales donde el mundo te come a ti.

En mi caso hubo dos finales. Uno lleno de angustia y desesperación que acabó en modo de esperanza y tranquilidad, y otro que comenzó de manera casual, convirtiéndose en una maravilla y que termina, un poco abandonado, en un golpe tan doloroso que empiezo a ser consciente ahora de que ha acabado.

Separé, durante dos semanas, todo lo que me podía afectar. En mi lugar se depositó el egoísmo y te separó. Os separó a todos, porque las ganas de terminar esta etapa tan angustiosa podía con lo demás. Estuve en una burbuja en la cual compartí espacio con las características del teatro, la corriente alterna, el proceso de revolución liberal, el BookCrossing y la literatura universal. Dejé de lado lo que podía hacer que me desviara de ese camino.

Y es aquí cuando, después de cerrar lo que tanto ansiaba, apareces tú. Tu sonrisa, las flores blancas, el quitamiedos nuevo, el «sólo nos queda el recuerdo». El «es ley de vida». Apareces. Asimilo que te has ido, como el tiempo, que no vas a volver, que no voy a reflejarme de nuevo en tus ojos, que no volveré a mirarte con la ternura y el cariño que tanto merecerías y tanto te dieron. Te dimos.

El proceso de asimilación que (casi toda) la gente ya ha pasado, yo lo estoy sufriendo ahora. Te estoy empezando a echar de menos. El dolor comienza a residir en mi cuerpo y no hay lágrimas bastantes para curarlo, ni consuelo suficiente para el vacío que dejas.

Y aquí empieza lo difícil, el vivir sin ti y abandonar lo último que se pierde: la esperanza de que volverás.

Culpa tuya.

Te escribo a ti,
a tu pelo descolocado,
a tus ojos cansados y desilusionados,
a tu cuerpo abatido y magullado,
a tus noches en vela,
a tu trabajo abandonado,
a tu libertad entre rejas.

Te escribo a ti,
a tus sueños rotos,
a tus perspectivas en otra dirección a la que tomaste en un principio,
a tus objetivos cambiados.
Esos que piensas que han sido a tu libre elección llevarlos por un camino distinto.

Te escribo a ti,
a tu confianza destruida,
a tu maldita dependencia emocional,
a las esfumadas ganas de comerte el mundo.

Le escribo a la Luna para preguntarle cuántas noches llorando en silencio has pasado, cuántas lágrimas cayendo por tu rostro curando las heridas de tu alma.

Te escribo a ti,
a tus golpes en forma de abrazos y de besos que recibes día a día, sin saber que terminarán destruyéndote.

Le escribo a tu cuerpo, que está lleno de heridas de guerra,
a tus pestañas, el mejor brindis del mundo cada vez que se unen cuando cierras los ojos para contemplar la vida que querías y crees que tienes.

Te escribo con la esperanza, con la idea y con las ganas de que te des cuenta de que ese mundo que crees perfecto y cosido a tu medida, no es más que un mero espejismo en el que se romperá un hilo y todo llegará a su fin.

Te sigo escribiendo, esperando respuestas. No recibo nada.

Intento escribirle a tu vida, pero me informan de que ya no es tuya.

Alzo la vista y me miras.
Alzo la vista, me miras y tus ojos se tornan tristes.

Ha sido culpa tuya, me dices mientras sollozas.

Me quedo callada, impaciente de que el dolor anclado a tus huesos se vaya y la venda de tus ojos, se desvanezca.

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